La Celda (Parte 8) FINAL

—¿Consiguió curarte esas cosas tan raras que te pasaban?— Preguntó bastante intrigado.

—No, no estaba allí, cuando me asomé a la cristalera solo había un montón de escombros y un hombre tomando medidas, lo más curioso es que me dijo que ese local jamás fue un bar y que llevaba cerrado varios meses— Respondí sorbiendo mi último trago de refresco.

—Vaya, es raro— Dijo terminando su copa.

—Bueno, en el momento no lo entendí y me desesperé demasiado, no conseguía salir de ese estado y él era mi única esperanza—

—¿Volviste a ver a Alba?—

—No, jamás supe de ella, al poco tiempo recibí una llamada de su abogado, me hicieron llegar los papeles de la separación y nunca volví a verle la cara—

—Vaya, eso suena duro— Dijo levantando el vaso vacío y haciendo un gesto cómplice.

—Bueno, lo duro no había hecho nada más que empezar, aquellos dos días fueron solo el principio, la punta del iceberg, mi caída fue larga y rápida— Apunté jugueteando con mi vaso.

—Sin embargo, aquí estás—

—No es tan sencillo, vivir uno o dos días sintiéndote una carcasa vacía es duro, hacerlo durante meses es una muerte lenta y agónica, apenas comía y cuando lo hacía, debía ingerir pequeños trozos de comida, cualquier cosa que superase el tamaño de una nuez me hacía correr al baño más cercano, poco a poco perdía peso, mi ropa colgaba como si llevase varias tallas superiores a la mía, cada golpe que escuchaba, me atenazaba por dentro, la ligera niebla blanca que flotaba en el aire nunca desapareció, caminaba sin ser consciente de que lo hacía, los pomos de las puertas eran extremadamente fríos, cada día lloraba y era repentino, da igual que estuviese en el metro, en mi casa, en la oficina… todo el dolor, sin avisar, se liberaba de golpe, como una erupción volcánica… cada día dormía menos y peor, esperando que algo me hiriese, no sabía qué, pero algo me estaba acechando, notaba la coraza de huesos alrededor de mi corazón, algo aprisionando de manera constante ese músculo, el ardor y el nudo del estómago se volvieron parte de mí, tanto que dejé de recordar que era vivir sin sentir aquello, notaba mi piel derritiéndose como se derrite el acero, espeso y tremendamente pesado, mis ojos cada vez más morados por la falta de sueño y expresividad de mi cara me obligaron a usar el maquillaje de mi mujer para disimular mi aspecto demacrado, vivía sin alma, nada me hacía sonreír, olvidé como sonaban mis propias carcajadas y en la paz de mi hogar solo encontraba una cueva de terror, todas las noches eran frías y húmedas como si miles de demonios esperasen el momento en que me quedara dormido y yo pudiese percibirlos, los minutos se convirtieron en horas, las horas en semanas… mi cuerpo se iba apagando, cada semana un interruptor se bajaba, un pedazo de todo lo que soy se desvanecía… cada vez que eso pasaba hallaba un alivio creyendo que era el final del camino pero al día siguiente volvía a abrir los ojos… seguía viviendo… o muriendo en vida… y así un día tras otro…—

—¿Y cómo conseguiste salir de ese pozo?—

—Bueno, después de varios meses así decidí ponerle final yo mismo, me dirigí al puente con la intención de tirarme, si no hallaba la paz en esta vida, la buscaría en la siguiente… pero entonces apareció aquel hombre, como si supiera donde encontrarme, en el punto exacto donde iba a aparecer y me propuso un extraño trabajo, una especie de… alianza… No acepté en el momento, quizá para no perder la oportunidad de encontrar paz, quizá porque aquel hombre me asustaba, no lo sé—

—¿Y qué te hizo cambiar de opinión?—

—Dos días más tarde me crucé con una persona, una mujer, morena, no nos llegamos a conocer pero a unos metros de distancia de mí pude verla, agachada, ataviada con ropa deportiva, un dorsal blanco que solo alcanzaba a ver impreso “016” y zapatillas desgastadas, con una mano sobre el hombro de la que parecía su amiga, ella sollozaba de dolor, sentada sobre el asfalto… alcancé a escuchar cómo le decía “Ole por haberte lanzado, por arriesgar, porque estaba claro que podías perder, pero más claro aún, que si te quedabas quieta, estabas perdida”… aquellas palabras, aunque no estaban dirigidas a mí fueron bastante iluminadoras… yo podía llevar el dolor de manera diferente, sacudírmelo, pero si me quedaba quieto, el puente acabaría siendo mi única alternativa—

—Y aceptaste—

—Acepté el trabajo—

—¿Qué tipo de trabajo era?—

—Encontrar a gente como yo— me recliné sobre la mesa apoyando los codos y clavé mi mirada atravesando la suya —gente como tú, despojos humanos que viven esta vida consumiendo la de los demás, que caminan erguidos sin mirar el daño que van provocando, que consideran la dotación física como un síntoma de superioridad—

—¿Perdona?— dijo devolviéndome la fría mirada —Tú no me conoces de nada—

—¿De verdad?, claro que te conozco, sé perfectamente quién eres Jonathan, sé qué haces todas las noches, conozco cada minuto de tu asquerosa vida, sé qué haces cuando llegas a casa después de estar horas aquí bebiendo, sé que Andrea, tu mujer, vive aislada de ti, temerosa de tus puños de acero, que tu hija Carla se encierra en su habitación y utiliza los auriculares de su teléfono móvil para no oír como una y otra vez despellejas la voluntad de su madre, sé que eres una escoria que sobra en este mundo, tú eres mi segundo encargo, tú eres la siguiente basura que este mundo debe limpiar… ¿De verdad crees que este encuentro ha sido fortuito?, no amigo, sabía que vendrías, sabía que estarías aquí y sé que Andrea está ahora llorando, abrazada a su hija mientras se siente que sobra en esta vida, porque también sé que le acabas de hacer, al principio de la noche me has preguntado si venía a salvarte… No, vengo a salvar al mundo de ponzoña como tú, como lo fui yo… Vengo a encerrarte—

Su mirada pasó de fría y desafiante a temblorosa y asustadiza, leerle por dentro no debió ser nada agradable para él, pero se acabaron los juegos, se acabó la historia, este despreciable ser debía entrar donde yo estuve y saborear lo que es el dolor desde dentro.

—No puedes encerrarme, no eres ningún policía y tampoco te resultará fácil— Dijo más temeroso que agresivo.

Golpeé con fuerza la mesa con la palma de mi mano, Jonathan saltó hacia atrás sobre su propia silla y su rostro se tornó suplicante y atemorizado, el pecho le sacudía espasmos provocados por la hiperventilación, bajo su mirada observando sus pantalones y la volvió a levantar con la cara desencajada buscando en mí una explicación.

—Déjame adivinar— dije —Te acabas de orinar encima, ¿verdad?, es raro ¿no crees?, hace tan solo unas horas habrías saltado sobre mí, demostrándome quien manda… Pero no puedes, algo te atenaza… conozco esa sensación… sé lo que piensas, sé exactamente lo que pasa por tu cabeza, lo he vivido… no, no soy un policía, pero sí puedo encerrarte… Mi amigo llegó hace un rato y acaba de servirte una llave en forma de bebida amarga ¿recuerdas?… esa llave sirve para entrar… en una cárcel que no puedes tocar, oler ni sentir… una cárcel para tu mente… la misma en la que ahora está Andrea y tiempo atrás Alba… comparte su experiencia… vive lo que ella vive—

—¿Qué me has hecho…?— Dijo visiblemente petrificado por él mismo.

—Bienvenido a tu celda— Respondí levantándome y susurrándole al oído.

Golpeé su hombro y salí del local.

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