La Celda (Parte 7)

Prendí fuego a un cigarrillo, eran las once de la mañana y de nuevo el sol volvía a caer con fuerza sobre mi cabeza, ya no me importaba, para nada…. de hecho, ya nada me importaba, la plomiza luz, la incesante barbulla en la que se había convertido la ciudad, ya todo me daba igual, ni siquiera me importaba el hecho de que el banco en el que estaba sentado estuviera frío como el hielo a pesar del espléndido día que había amanecido, o que su presión sobre mis piernas fuese capaz de detectarla a nivel celular, a molestarme como si notase cada pliegue de la piel, cada milímetro de músculo comprimido y su prensa de este hacía mis huesos… nada me importaba ya, aquí sentado, consumiendo un cigarro que de repente había perdido su sabor, incluso su tacto en mis dedos era puramente simbólico pues apenas notaba su textura, ni en ellos, ni en mis labios… solo esperaba… dejaba correr el tiempo observando como el humo escapaba de mi boca formando nubes blancas en el aire, aún me quedaban veinte minutos de descanso… veinte interminables minutos de ocho interminables horas laborables de veinticuatro interminables horas diarias… y cada vez esto iba a peor, cada día me sentía más apagado, todo perdía importancia de manera progresiva en intensidad… aquí sentado, sobre este frío banco, en los exteriores de la empresa donde trabajaba, en mi descanso, con la única compañía de mi cigarrillo, con mi única y letal compañía dejaba pasar la vida delante de mí sin poder incorporarme a ella.

Mientras manipulaba y observaba aquel cilindro de papel, mi mente retrocedió un día, al domingo, justo un día después de que todo esto empezara, había pasado toda la tarde del sábado tumbado sobre la cama, sin querer moverme y el último día de la semana no iba a ser mejor, recuerdo despertar con una pesadez en los ojos como si hubiesen colgado bolas de acero de mis párpados, apenas había dormido y de manera intermitente, colapsado por un miedo que no entendía, con el estómago todavía cerrado, el dolor de la nuca ya formaba parte de mí, la constante tensión de mi espalda me estaba provocando vértigos y llevaba sin ingerir ningún alimento sólido desde el viernes… bueno, algo sí me llevé a la boca, para expulsarlo en el baño un par de minutos después por el mismo sitio que había entrado.

Recordé despertar, dirigirme a la cocina, mis pies descalzos notaban el frío suelo pero de una manera mucho más desagradable de la que recordaba, cada paso que daba, haciendo un eco sordo alrededor de mí y mis oídos captando cada decibelio que mi propio cuerpo emitía, recordé agarrar un vaso y golpear otro por accidente, romperse en pedazos cuando impactó contra el suelo y acto seguido mi cuerpo se tensó, mis dedos perdieron el flujo de sangre y hormiguearon, mi espalda se tornó rígida y todos mis sistemas interiores se prepararon para sufrir… no sabía por qué hacía eso mi cuerpo… no sabía cómo desconectarlo, solo sabía que aquellas emociones eran muy reales y tardaban varios minutos en desaparecer, cuando lo hacían todos mis músculos y huesos entraban en estado de ansiedad y agotamiento, mis manos temblaban y las piernas flojeaban… Me preparé un café y me dirigí al salón y allí, con la vista puesta en el infinito de la ventana pasé las horas, sin estímulos, sin pensamientos, sin reacción alguna, mirando algún ave que pasaba por mi campo de visión, mirando sin observar…

Exactamente igual que ahora, de manera calcada a este momento concreto, aquí, sobre este banco, con decenas de personas pasando por delante de mí, sin capacidad retentiva para memorizar ni uno solo de sus rasgos o atuendos, comportándome como una carcasa… vacío… algo que se ha perdido en este mundo y no pertenece a él, algo que está fuera de lugar… con mi piel empujando hacía el centro de la tierra con mucha fuerza, notando el incesante roce de la ropa sobre mis brazos y piernas, notando frío hasta en los rayos de sol…

Apagué la colilla y la guardé en mi bolsillo para deshacerme de ella en alguna papelera, desandé el camino hacía mi puesto de trabajo y volví a mis hojas de cálculo, Bosco, ahora en la mesa que antes ocupaba Iris tecleaba más afanosamente si cabe de lo que lo hacía antes de ocupar el puesto de jefe de sección, Álvaro volvía portando un pequeño vaso de papel con olor a café y revisaba varios documentos, a la izquierda, la nueva contratada para cubrir el antiguo puesto de Bosco, Noemí, una joven chica de apenas veinte años que mostraba bastante ilusión por su nuevo proyecto.

—Chicos, he oído que Iris no ha tenido un buen comienzo en su nuevo puesto, podríamos quedar después y tomar algo con ella— Apuntó Bosco levantando por primera vez la vista del teclado.
—Buena idea, yo me apunto— Dijo Álvaro visiblemente entusiasmado.
—Y yo, no la conozco, pero seguro que le viene bien algo de compañía— Apuntó Noemí.
Miré las caras de mis compañeros y en sus miradas notaba cierta nostalgia hacia Iris, habían formado un buen equipo durante este tiempo y aunque llegase demasiado tarde a tan solo empatizar con ellos, necesitaba compañía, por primera vez en… bueno, por primera vez me sentía cálido con alguien conocido a mi alrededor.
—Yo también me apunto si no os importa— Dije mirando a Bosco.
—No claro, eres de los nuestros— Dijo sonriendo, pero sin ser capaz de mostrar un rostro de estupefacción.

Las horas restantes continuaron como cualquier día normal en la oficina, entre sonidos de impresoras, papeles rebotando en papeleras y golpes de tecla, pero por fin se cerraba un nuevo día, pusimos en orden nuestras mesas, agarramos nuestros abrigos y nos dirigimos al punto de encuentro con Iris, un pub que estaba bastante de moda en esta parte de la ciudad.

La noche discurrió entre risas, cotilleos y mucha cerveza, hasta Noemí pareció encajar perfectamente en un ambiente desconocido para ella, en una mesa redonda apartada, con el bullicio de un bar rebosante de gente joven como banda sonora y el choque de bolas de billar allí a lo lejos, acompañado de estridentes risas de los jugadores yo seguía desubicado, ajeno a la realidad, jugando con mi vaso en la mano e intentando sin éxito entrar en cualquier conversación. Pasada la mitad de la noche decidí volver a mi casa con la excusa de no encontrarme bien, realmente no estaba bien, pero ni yo sabía describir con exactitud los males que me aquejaban, no sin antes felicitar a Iris y a Bosco por sus respectivos ascensos y notar con ello cierta calidez… cosa que en estos momentos no me venía nada mal.

Me recosté sobre la cama y ahí estaba otra vez, el insomnio, un nuevo e inesperado amigo mío, toda la habitación se había vuelto lúgubre, una oscuridad cerrada y tenebrosa, como si algo flotase en el ambiente, algo oscuro, terrorífico… hasta el completo silencio me transmitía temor, el ascensor se activó y mi piel se erizó, mis músculos volvían a tensarse y volvía ese hormigueo en las extremidades… como cada vez que los engranajes y motores del ascensor arrancaban, comenzaba a ser una angustiosa sensación diaria a la que me estaba acostumbrando pero que no dejaba de arder.

Todo en mi cuerpo iba mal, muy mal, la sensación de vacío era cada vez más grande, mayor la tristeza, la incapacidad para mostrar el más mínimo sentimiento ya formaba parte de mí… desde aquella noche… desde que Alba se marchó, desde que ese camarero me… Me levanté de un salto de la cama cayendo en la cuenta, puede que el malestar de mi estómago fuese por el episodio con Alba pero no justificaría que me hubiesen arrancado el alma, me vestí deprisa y corrí hacia la puerta de salida, intenté mientras bajaba memorizar el camino que anduve aquella noche, debía llegar a aquel bar, hablar con ese hombre, ahí debía estar la clave, aquella extraña bebida debía tener algo que literalmente había asesinado todas mis emociones y sentimientos y si alguien podía restablecerme, era él.

Corrí por varias calles, desorientándome y recuperando el camino, me llevó más de lo que esperaba, pero allí estaba, en la entrada de aquel callejón, con la misma luz amarilla iluminando una parte de la calle, decidido me encaminé a ella.

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