La Celda (Parte 6)

Abrí la despensa y saqué una cerveza, la destapé y bebí de un sorbo la mitad del envase, el silencio reinaba en la casa roto puntualmente por el sonido del viento golpeando las persianas, me recosté sobre el sofá sin encender ninguna luz, contemplando a mi alrededor con la parcial oscuridad que brindaba la noche, Alba no estaba, lo que me hacía presuponer que se habría marchado a casa de sus padres o a alguna comisaria para denunciarme, sinceramente, me daba igual, no me importaba si recibía la visita de alguno de sus padres o de una pareja de policías… me daba igual… nunca había llegado tan lejos, nunca le había puesto una mano encima y esta noche podría haberla matado, allí, en nuestra entrada… un escalofrío me recorrió los brazos y la espina dorsal, di un largo trago a mi bebida vaciando el envase y mi estómago se revolvió y emitió un pequeño chillido, quizá ya se estaba quejando de la gran cantidad de alcohol que le suministraba, o quizá aquella bebida verde en aquel antro me había dejado tocado, fuese lo que fuese aquella cerveza fue un gancho directo a mi estómago. Me levanté, tiré el botellín a la basura y me dirigí a la cama, en la más absoluta oscuridad, en la más absoluta soledad…

La luz del sol entraba por las ranuras de las persianas y como el certero disparo de un arquero profesional impactaba en mis ojos ahora pesados e hinchados, no había conseguido dormir apenas un par de horas durante toda la noche, aún con el agudo dolor de cabeza que iba creciendo según avanzaban las horas y la pesadez que se me acumulaba en la nuca, me incorporé como un atleta exhausto después de haber corrido una maratón, froté con fuerza mis ojos y me dirigí al baño tambaleándome por el cansancio, una vez allí mojé mi cara varias veces, hoy el grifo escupía un agua especialmente fría, algo que me vino bien para ayudarme a despertar, intenté dirigirme a la cocina para prepararme un café pero mis pasos se detuvieron en el hall de entrada, observé con miedo la marca descendente de sangre aún manchando la pared cerca de la puerta, la observé durante unos eternos minutos, la voz de Alba pidiendo socorro, mis amenazas, el impacto de su cuerpo… todo rebotaba y hacía eco dentro de mi cabeza, repitiendo la secuencia de manera cíclica. Mis manos comenzaron a temblar, mi estómago se cerró y mis dientes hicieron prensa unos contra otros, aparté la mirada y me encaminé hacia la cocina, llené un balde con agua y jabón, agarré una esponja y limpié el camino de sangre con el cuerpo atenazado, con una sensación que jamás había sentido, comenzó a faltarme el aire, todos mis músculos comenzaban a tensar y tirar de mi piel hacia dentro, mi garganta se secó y se me nublaba la vista. Con el corazón cada vez más acelerado saqué del armario la primera ropa que encontré y me vestí dejando el balde de agua roja en medio del pasillo y salí de casa, necesitaba respirar, necesitaba aire puro, no más oxigeno viciado, cerré la puerta detrás de mí y bajé por el ascensor.

Salí a la calle a paso rápido y la luz del sol me cegó unos segundos, busqué huir de ella refugiándome en la sombra de un árbol, el astro hoy lanzaba los rayos que caían a plomo sobre mí y bañaba la ciudad de una especie de haz blanquecino, como si una niebla muy ligera se hubiese asentado entre los edificios, con la vista algo recuperada relancé mis pasos por una leve cuesta, dos niños jugaban a esconderse mientras los que parecían sus padres caminaban unos metros atrás riendo y dando alguna indicación puntual a los pequeños, el viento movía suavemente las hojas de los árboles y varias personas se apresuraban con bolsas de supermercado en dirección a sus casas… Sus voces, el movimiento de las ramas empujadas por la ligera brisa, el sonido de los coches lejanos… todo era extraño… como vacío, como sonidos enlatados y roncos, sin definición alguna, todo estaba distorsionado y llegaban a mí encriptados en una especie de lengua inentendible, mi atención tampoco era capaz de asimilar nada, era como presenciar una realidad de la que yo no formaba parte. Con el estómago todavía revuelto, la presión en la parte de atrás de mi cabeza y una realidad ajena a mí seguí andando.

Me adentré en la zona céntrica de la ciudad y a medida que avanzaba los sonidos se convertían en dardos punzantes, todos dirigidos a mi sistema auditivo que era incapaz de desgranar cada sonido de manera aislada, todos se agolpaban intentando entrar en mi cuerpo, sin ningún orden, la luz del día continuaba golpeándome los ojos como si el sol se hubiese empeñado en provocarme ceguera… venir hasta aquí no había sido una buena idea, mi sistema nervioso comenzaba a alterarse de forma incontrolable, giré la cabeza hacia el asfalto y pude distinguir una luz verde de taxi libre, levanté la mano y me acerqué al intenso tráfico que a estas horas poblaba la zona céntrica, el vehículo se detuvo a escasos e interminables dos metros de donde me encontraba y corrí hacia él, una vez dentro mi cuerpo encontró algo de alivio… solo algo.

El resto del viaje lo hice en absoluto silencio pese al constante intento del conductor en que articulara palabra, no podía, no quería… solo necesitaba volver a casa, a la misma casa de la que horas antes había intentado huir… Algo le estaba sucediendo a mi cuerpo, algo que no podía controlar, que no entendía y nada me ayudaba, necesitaba volver… necesitaba dormir… ahora, en la lejanía, entre el bullicio de la metrópolis, el dolor físico y la dolorosa sensación de soledad mi cama me parecía el único lugar del mundo donde me encontraría a salvo.

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