La Celda (Parte 5)

Anduve varios kilómetros con paso firme y decidido, con la cabeza a tantas revoluciones que se hubiese incendiado de haber formado parte del motor de un coche, no podía dar crédito, ese espécimen me había robado el puesto, delante de mis propias narices. Él y su grupito de ratas habían conseguido su objetivo, hacerme a un lado y entre todos urdir un complot para dejarme sin el puesto que yo y solo yo merecía.

Mi cabeza daba vueltas de manera cíclica a las palabras de Bosco, a la imagen de Adriana, la cara de Iris, los abrazos… No, no se iban a salir con la suya… Y Ojeda iba a pagármelas… Mis sienes palpitaban, el calor de mi nuca se había convertido ya en una fundición y mis puños en dos bloques de cemento inertes, caminaba a grandes zancadas con la única intención de liberar algo de rabia, esta rabia que me consumía y que era incapaz de tener bajo control, notaba como se apoderaba de mí sin ser capaz de plantarle batalla… Alguien tenía que pagar por lo que había pasado, el dolor y la frustración habían tomado el control de todo mi ser… alguien, quien sea… iba a pagar…

Caminé varias calles más bajo el sonido de truenos lejanos que avecinaban tormenta, el cielo comenzaba a cubrirse otra vez y destellos de luz se avistaban a lo lejos, el cielo se mostraba enfadado y yo, al igual que él, solo buscaba despejar mis nubes y mis relámpagos, varios coches cruzaron a toda velocidad por el asfalto y un grupo de niños ataviados con vestimenta deportiva reían y comentaban algo relacionado con la caída de un compañero. Mis pasos dieron con el pequeño bar que ayer me vio sumergirme en lo único que parecía apaciguar mi estado de estrés, el alcohol y esta noche lo necesitaba especialmente, tiré del asidero de la puerta y entré.

Me senté en la barra lo más alejado posible de la puerta de salida bajo la única bombilla fundida de las lámparas que adornaban el techo, dos hombres trajeados comentaban a escasos metros de mí, si debían comprar o no acciones de una empresa en pleno crecimiento y sentadas en la única mesa ocupada un grupo de cuatro mujeres charlaban amistosamente sobre los preparativos de un viaje planeado.

Hice una señal al camarero con la mano que limpiaba afanosamente una parte de la barra con un trapo húmedo, hizo un gesto afirmativo y aceleró los movimientos circulares de su brazo, lanzó el paño sobre una pequeña mesa debajo de la barra y acudió en mi encuentro.

– Un whisky, triple- Pedí alterado, el camarero volvió a repetir el gesto afirmativo y me sirvió la consumición, agarré el vaso y lo hice girar sobre mi propia mano mientras en mi cabeza rebotaban una y otra vez las palabras de Bosco, los abrazos con Iris, el dardo envenenado que me había lanzado minutos antes… levanté el vaso y tomé de un único trago mi bebida, volví a hacerle un gesto al camarero y simulé que mis dedos eran una botella sobre mi recipiente, el joven llenó de whisky el vaso y dejó la botella a pocos centímetros de mí.
—“Buen chico”— Pensé y comencé a sumergirme en un mundo que conocía sobradamente, bastante bien.

Respiré profundo y volví a intentarlo, fruncí el ceño y me concentré en la cerradura, por más que lo intentara no conseguía introducir la llave en el bombín de la puerta y mi mano bailaba desacompasada de aquel dichoso cerrojo que esperaba impaciente que introdujera la pieza metálica en sus tripas permitiéndome así la entrada a mi casa, la puerta, como por arte de magia se desplegó hacia el interior y pude ver el rostro de Alba, sus facciones, acusadoras me hacían presagiar que no sería una noche corta.

—Hola— dijo secamente, a lo que respondí con un gruñido al pasar por su lado. —Hueles mucho a alcohol… otra vez… No me gusta que bebas, ya lo sabes— Dijo con voz baja.
—Déjate de sermones, hoy no es el día— Respondí molesto.
—Nunca es el día Abraham, nunca lo es…— Acusó.
—No, nunca es el día, pero este especialmente NO es el día— Dije mirándola fijamente.
—No sé qué te ha pasado y si es mejor no preguntar, pero siempre pago yo lo que te hacen los demás… no es justo— Inquirió apartando la mirada.
—¿No es justo?… ¡¿No es justo?!… ¿sabes que no es justo?… Esta vida de mierda, este trabajo de mierda, esta rutina de mierda… Toda esta mierda no es justa— Volvía el calor a mi nuca.
—¿Y qué he hecho yo para merecer que vuelques tu frustración conmigo?— Seguía hurgando en la herida.
—¿Tú…? Nada… no has hecho nada… de hecho, no has hecho nada en tu vida… eres incapaz de hacer el único trabajo por el que sigues bajo este techo— Abrí el frigorífico en busca de un botellín de cerveza.
—No sigas bebiendo por favor, ya sabes cómo acaba todo cuando bebes…— Suplicó.
—Bebo…— dije poniendo el vidrio delante de su cara —porque me da la gana, porque para eso soy el único que trabaja y trae dinero a esta casa y si me quiero beber mi dinero, ¡me lo bebo y punto!— Di un trago largo sin dejar de fijar mi mirada en la suya.
—Me voy a la cama, va a ser lo mejor, mañana hablaremos, no tardes… por favor— Respondió dándome la espalda. Un ardor me lanzó un derechazo a la boca del estómago, no podía consentir esa falta de respeto… no podía…
—¡Estoy hablando!— Grité agarrándola del brazo.
—Me haces daño Abraham, por favor— Dijo con una mirada desafiante.
—¡Pues no me des la espalda asquerosa engreída!, ya he tenido suficiente por hoy ¿sabes?, me torpedean el ascenso para dárselo a un idiota, se ríen de mí en mi puñetera cara ¿y ahora te atreves a faltarme al respeto?— Dije lleno de ira.
—No te he faltado al respeto Abraham, quiero irme a la cama, estás violento y tengo miedo, por favor, yo no te he hecho nada— Contestó sollozando.
—Ese es el problema, que nunca me has hecho nada, nunca has sido una mujer de verdad, ¡solo eres basura!— Clamé haciendo prensa con la mano en su brazo.
—¡Ya está bien Abraham!, ¡no tienes ningún derecho a hacerme esto!, ¡no soy yo quien te ha quitado el ascenso!, ¡no soy yo quien se ríe de ti!, ¡no soy yo quien amarga tu existencia!… ¡¡Eres tú mismo!!, ¡Tú eres tú peor y único enemigo!, ¡Tú eres el que ahoga en alcohol su propia miseria!, ¡Tú eres la basura!, ¡¡¡TÚ!!!— Sacudió el brazo liberándose de mi tenaza.

Durante unos segundos reinó el silencio…

—¿Qué acabas de decirme?— Alba solo emitió puro y sepulcral mutis —¿Qué acabas de decirme?— Insistí, pero de nuevo silencio…

Lancé mi brazo derecho como un tenista golpeando un revés y el dorso de mi mano impactó sobre su cara violentamente, Alba cayó al suelo a escasos metros del mueble blanco del pasillo boca abajo emitiendo un grito agudo, dejé caer la botella y me lancé encima de ella, la así del hombro y con fuerza la volteé para recostarla con la espalda en el piso, abracé con una mano su cuello y la obligué a recuperar la verticalidad.

—Socorro…— Intentó gritar, pero sus palabras eran apenas una suave brisa.
—Vuelve a llamarme basura y no volverás a ver la luz del sol…— Lleno de ira, rabia y frustración lancé a Alba con fuerza hacia la pared, su cuerpo impactó dejando oír un chasquido sordo seguido de un fuerte crujido, se desplomó sobre sus propias piernas quedando como un títere que abandona su dueño después de una función y dejando un camino de sangre a medida que su cabeza resbalaba por la pared. Parpadeó varias veces respirando con dificultad como si hubiese perdido el sentido de la vista, levantó con temblores el brazo y lo colocó sobre su nuca, apartó la mano ensangrentada y la miró fijamente, de nuevo, su brazo cayó sobre sus propias piernas y siguió con la mirada perdida, no articuló palabra, solo respiraba y observaba a su alrededor como si acabase de despertar de un extenso letargo. La miré horrorizado, mis manos comenzaron a temblar, mi piel se erizó y noté como mi nuca se escamaba, en mi interior chillaba, corría a socorrerla, llamaba a una ambulancia… en mi exterior nada parecía moverse, mis músculos y articulaciones no percibían señal alguna, mis impulsos neuronales estaban apagados… Caminé hacia la puerta y salí de casa.

Caminé sin rumbo varias manzanas con la imagen de Alba tirada en suelo y el camino de sangre que moría detrás de su cabeza golpeando cada pared de mi conciencia, con pulso inestable coloqué un cigarrillo en mis labios y le prendí fuego, di una larga calada y froté mi frente, detuve mis pasos un momento y miré alrededor, la ciudad dormía, un gato gemía en algún hogar y el silencio era interrumpido intermitentemente por el sonido del motor de algún coche lejano, retomé la marcha y doble un par de esquinas más perdiendo la noción de mi ubicación y la distancia que me separaba de mi hogar, mis pisadas comenzaban a crear eco a mi alrededor y el cigarro se consumía a demasiada velocidad, mis pasos me llevaron a un callejón oscuro y sucio donde una luz que salía de un local era toda la iluminación que se podía apreciar en varias decenas de metros a la redonda, me acerqué y mi curiosidad chocó con lo que parecía un pequeño bar escondido, tanto que no conocía su existencia, me apresuré a tirar la colilla y entré. El local apenas tenía cuatro mesas y un ambiente de antro sucio y descuidado, las paredes, adornadas con baldosas marrones hasta media altura y pared blanca lindando con el techo, una televisión vieja y pequeña regentaba la esquina superior y tres taburetes presidían la barra que contenía una larga cristalera cubre alimentos vacía. Una pequeña y roída cortina verde a modo de puerta se movió detrás de la barra y apareció un camarero de raza negra con un trapo sobre el hombro.

—Buenas noches caballero, ¿qué va a ser?— Dijo mirándome.
—Un whisky— Contesté escudriñando su familiar rostro.
—No se acuerda de mí, ¿verdad?— Dijo el camarero sirviendo la bebida y acercando el vaso.
—El caso es que me suena tu cara— se acercó a mí y pude ver sus ojos, uno verde, el otro gris… era aquel hombre sentado sobre un cartón. —Vaya, has encontrado trabajo— Señalé cogiendo mi bebida.
—Si, no es mucho, pero es algo… Un poco tarde para andar por estas calles, ¿no cree?— Adujo apoyándose sobre la barra.
—Necesitaba salir—
—¿Un mal día?—
—Muy malo, si— Respondí bebiendo de un trago mi alcohol.
—¿Quiere hablar?, le vendrá bien y no hay mucho que hacer ahora mismo— Dijo llenando el vaso de nuevo.
—No, lo que quiero es estar solo… y beber… sobre todo beber…— Dije abatido.
—Pues beba, le acompaño— Se sirvió una copa.
—Deja la botella cerca, la necesitaré— Volví a sorber de un trago el whisky.
—Hay dos tipos de personas que beben hasta desfallecer, los que tienen algo grande que celebrar o los que tienen algo oscuro que olvidar, ¿tú que haces amigo? ¿celebrar u olvidar?— Preguntó mojando sus labios en el líquido.
Hice un gesto levantando dos dedos señalando la segunda opción como respuesta, abracé el vaso con las dos manos y observé con la mirada perdida el lago de alcohol encerrado en las paredes de cristal.
—Pues yo tengo algo mucho mejor que el whisky para olvidar, es una receta secreta de mi jefe y por lo que todavía se sostiene este bar en marcha— dijo buscando entre las botellas de su espalda, apartó unos cuantos recipientes y extrajo uno con un líquido verde con apenas dos dedos de volumen y sirviendo con sumo cuidado en un vaso nuevo. —Aún queda algo, beba… mañana se encontrará mucho mejor, le doy mi palabra—
Observé el vaso con el espeso líquido verde, lo levanté y miré a trasluz, lo acerqué a mis fosas nasales e inhalé fuerte, algo entre dulce y menta me golpeó la nariz.
—¿Qué lleva?— Pregunté intrigado.
—Si se lo dijera ya no sería secreto, ¿no cree?— Respondió sonriendo.
—¿Tú no bebes?— Observé algo escéptico.
—No, ya he bebido demasiado de eso—
—Por olvidar— Dije levantando el vaso a modo de brindis y lo sorbí de un trago, un regusto dulce y bastante agradable me impregnó el paladar.

Transcurrieron cerca de dos horas en aquel antro con aquella persona que resultó una compañía más agradable de lo que esperaba, pero era hora de volver a casa, un temor y dolor se debatía dentro de mi interior, pero tenía que hacerlo, ahora ya tenía algo de fuerza para enfrentarme a la realidad y volver a mi vida.

—Quédate con el cambio y gracias por charla— Dije deslizando un billete encima de la barra y acercándome a la puerta.
—No hay de qué… ya nos veremos Abraham—

Giré sobre mí mismo sorprendido, no recordaba haberle dicho a este tipo mi nombre, la cortina verde ondulaba lo que me hizo pensar que había vuelto a entrar en el trastero, preferí no darle más importancia y salí de la taberna, sea como fuere tenía por delante un asunto mucho más importante, introduje la mano en el bolsillo, extraje la cajetilla de tabaco y prendí fuego a un cigarrillo, respiré profundo y me encaminé hacia casa.

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