La Celda (Parte 3)

Apreté con fuerza los lagrimales mientras cerraba los ojos y fruncía el ceño, apoyado sobre el escritorio de mi cubículo me debatía para no caer sobre sobre el teclado del ordenador mientras este, luchaba por enviar varios documentos a la impresora más cercana. Apenas había dormido y lo poco que lo había hecho era a espacios intermitentes. Mala noche me había deparado el día anterior con despertares continuos para asaltar la nevera y varios viajes al inodoro, llenar el estómago de líquidos y nada de sólidos no era una buena idea a la que por desgracia ya estaba bastante acostumbrado, me esperaba otro largo día delante de aquella odiosa pantalla con un cuerpo cansado y dolorido gracias a mi esposa, una mujer incapaz de hacer un par de cosas bien durante todo el día y cuyo mayor logro en esta vida había sido la de cazar a un hombre como yo que la mantuviese a salvo de su propia incompetencia. Miré a mi alrededor, Bosco, cuatro mesas hacia la izquierda, un idiota con aires de grandeza escondido detrás de unas enormes gafas de pasta negras, no levantaba la vista de la pantalla como si fuese a recibir la empresa en herencia, tecleaba afanosamente mientras movía los labios al compás de lo que escribía, un poco más a su izquierda, Iris, jefa del departamento, una arpía condescendiente con más ganas de dar órdenes que capacidad para dirigir a un equipo y a mi derecha, Álvaro, un niñato recién salido de la facultad con muchas ganas de demostrar al mundo lo que fuera que supiera, pobre inocente… Ya se encargaría la vida de demostrarle que es sólo un crío ingenuo en un estanque lleno de pirañas.

—Creo que voy a descansar un poco, ¿Alguien quiere café?— Dijo Bosco estirando la espalda y acomodándose las gafas en el puente de la nariz.
—Si, me vendrá bien, hoy va a ser un día largo— Contestó Iris lanzando una bola de papel sobre una canasta montada en una papelera.
—Os acompaño— Replicó Álvaro deslizando unos papeles sobre una bandeja.

Los tres se levantaron y pusieron rumbo a la zona de la cafetería, un pequeño descansillo con una máquina de café instantáneo y unos sofás para relajarse, ninguno de los tres dirigió la mirada hacia mí, hacían bien, ni yo quería su compañía ni ellos la mía, cuadré un par de cuentas en la tabla de Excel y me encaminé a la impresora a recoger unos documentos, no tenía ninguna intención de unirme al grupito de impresentables pelotas, pero sí me apetecía fumar y desde luego, sólo, mejor que mal acompañado, agarré la chaqueta, lancé los documentos encima de mi teclado y me dirigí a la entrada.
Las puertas corredizas del hall de entrada se cerraron detrás de mí y exhalé la primera bocanada de humo recreándome en su sabor, de nuevo, finas gotas de lluvia empezaban a mojar el suelo y golpearme débilmente la frente, hoy iba a ser un gran día, a Iris la trasladaban de departamento, dos pisos más arriba, despacho propio y aumento de grupo al que dirigir, eran los vientos que soplaban hoy en día, debían ascender mujeres, aunque fueran claramente un gran compendio de incompetencia y falta de autoridad, aun así, su puesto como jefa de nuestro departamento quedaría vacante y estaba muy claro que antes de que acabara el día yo estaría en su silla y podría demostrar el grandísimo error que cometió el señor Ojeda al no haber pensado en mí antes que en la inepta rubia y con un poco de suerte, su nuevo puesto sería lo suficientemente grande para que en pocos días hiciéramos un intercambio de asientos, volviendo ella a su preciada silla de oficinista y yo ocupase el lugar que por derecho me pertenecía, dos pisos más arriba.

El sol comenzaba a ocultarse detrás de los edificios proyectando largas sombras a lo largo de la ciudad vaticinando la inminente llegada de la noche, con un cielo misteriosamente despejado a pesar de las negras nubes que durante la mañana habían cubierto nuestras cabezas, se acercaba la hora del cierre y por delante dos días para celebrar mi ascenso antes de volver a este antro de cemento. Miré el reloj ansioso por recibir la llamada de Ojeda para ofrecerme mi más que merecida noticia. Aún restaban unos treinta minutos antes de que la jornada llegara a su fin, comprobé unas fichas de impagos, recalculé unos presupuestos de material y actualicé unas entradas con el único propósito de que Iris tuviera que hacer un extra antes de irse a su casa, no se iba a ir sin antes sudar un poco la camiseta… Reí por dentro.
Por el rabillo del ojo vi aparecer por la puerta de la entrada a Adriana y me acomodé en mi asiento disfrutando del momento.

—Bosco, el señor Ojeda quiere que vayas a su despacho— Dijo apoyándose en el marco de la puerta.
—Eeehhh, voy…— Contestó con semblante serio y levantándose como un resorte.

Bosco salió del cubículo lanzando miradas de preocupación a toda la sala, intentando interrogar con los ojos y buscando una respuesta que ninguno tenía, abrió la puerta del despacho de Ojeda y desapareció de nuestra vista, Iris y Álvaro cruzaron sus miradas y ella se encogió de hombros, volvió la cabeza hacia Adriana que como una experta jugadora de póker no movió ni un solo músculo de su cara y se encaminó a su asiento.

—Iris, ¿Sabes algo de esto?— Preguntó inquieto Álvaro.
—Ni idea, pero a mí durante la comida me ha comunicado que el lunes empiezo en Marketing, puede que le vaya a asignar mi puesto… Eso espero…— Dijo visiblemente preocupada.
—Eso espero yo también, se lo ha ganado con creces— Contestó Álvaro.
—O puede ser que haya decidido hacer algo de limpieza por aquí— Sonreí.
—Si eso fuera así no empezarían por él— Lanzó un dardo envenenado Iris que Álvaro respondió con una amplia sonrisa y una mirada cómplice.

Pobres idiotas, Ojeda no tendría la decencia de bajar a nuestro nivel para comprobar el ejército de incompetentes que merodeaba por sus alcantarillas, pero no era tonto, o por lo menos, eso parecía, cada ascenso lleva aparejada una restructuración del departamento y hoy, no iba a ser una excepción.

Transcurrieron quince minutos cuando Bosco cerró la puerta de dirección tras de sí y volvió con semblante serio a nuestro encuentro, los tres fijamos la mirada en él esperando impacientes las buenas nuevas, nos devolvió la mirada, sonrió y fijó su vista en Iris.

—El lunes empiezo en tu puesto Iris, me acaban de ascender— A medida que hablaba su sonrisa se hacía más amplia.

Entre risas, abrazos y cargantes felicitaciones fijé la mirada en la pantalla del ordenador mientras un calor ascendía por mi nuca e invadía poco a poco mi zona occipital, como un puñal atravesando mi piel y rasgando mis entrañas el dolor y la ira se iban poco a poco adueñando de todo mi ser, apreté los puños con tanta fuerza que pude notar como las uñas perforaban las palmas de mis manos y se entumecían mis dedos, me levanté con la misma intensidad que un fuerte muelle hace lo propio después de haber estado encerrado a fuerte presión y la silla cayó de espaldas al suelo, agarré mi chaqueta y salí a paso rápido del edificio mientras quedaban atrás, cada vez más lejanas, las risas y el júbilo de mis compañeros… Necesitaba beber, lo necesitaba… Y mucho.

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