La Celda (Parte 2)

La pantalla del ordenador se fundió en negro, apoyé los codos sobre el escritorio y me froté los ojos con fuerza, trece malditas horas delante de hojas de cálculo, aplicaciones de contabilidad, nóminas y estudios de mercado con la única compañía del incesante ruido del ventilador de la computadora, el sonido de papeles, bandejas y fotocopiadoras funcionando podrían hacer hervir el cerebro de la persona más paciente del mundo, me latían las sienes y al igual que los días después del solsticio de invierno mis jornadas parecían aumentar un minuto más cada vez que el monitor me daba su particular buenos días, deslicé la mano por encima de la mesa arrastrando el material usado durante el día y lo amontoné en una esquina, estaba demasiado cansado para ordenar, mañana sería otro día. Me levanté de la silla, agarré mi chaqueta del perchero y salí por la puerta, Adriana, la secretaria personal del jefe, la mujer con la voz más cargante e irritante del planeta emitió un sonido parecido a una despedida a lo que le respondí vagamente con un gruñido, atravesé los angostos pasillos en dirección a la salida mientras comprobaba el interior de los bolsillos, mi mano derecha palpó la cajetilla de cigarrillos y con el dorso pude notar el mechero, ¡dios! estaba tan ansioso por dar unas caladas que saqué un pitillo y me lo acomodé en los labios mientras dejaba atrás el infierno de cemento, metal y tecnología que cada día me consumía más y más, extraje el teléfono móvil para comprobar alguna posible llamada, no había nada, no, claro que no.
En el hall de la entrada prendí el tabaco y aspiré fuerte, las puertas correderas se abrieron paso y mis pies tocaron la acera, chispeaba de manera débil, me quedé quieto unos segundos mientras las finas gotas de agua me golpeaban suavemente las mejillas y consumí un poco más del cigarrillo, abroché mi chaqueta y me dirigí a casa, no tenía ninguna prisa por llegar y decidí por hoy ir a pie, este dolor de cabeza iba a conseguir que me estallara la sien, me vendría bien algo de aire.

Crucé varias calles en la fría noche con la única compañía del sonido de mis húmedas pisadas, el sepulcral silencio que envolvía la ciudad era puntualmente roto con las estridentes voces enlatadas de algún televisor de dios sabe que hogar, dos gatos peleaban en alguna parte y cuatro jóvenes reían en la puerta de un bar alzando unas copas. Cerré el cuello de la chaqueta y lo mantuve tapado con la mano, una ráfaga de aire me hizo apretar los párpados, continué mi camino y doble una esquina, un hombre de raza negra estaba sentado a escasos metros de mí sobre un trozo de cartón a resguardo en un saliente del edificio y portaba un vaso de plástico, a su alrededor, un par de mochilas, giró la cabeza en mi dirección y levantó el cubilete haciéndome un gesto cómplice, crucé cerca de él y lancé la colilla de mi cigarrillo dentro del vaso.

—Gracias, me daba apuro ensuciar la calle— Le dije mientras me reía por dentro.
El hombre me miró impasible, en su mirada, un ojo verde, el otro, gris no hubo la más mínima expresión, extrajo la colilla y la lanzó al suelo, depositó el vaso sobre el cartón y se cruzó de brazos.
—Que tenga buenas noches amigo— Dijo en alto.
—Mas quisieras que yo fuera tu amigo— Contesté siguiendo mi camino.

Mis pasos dieron con la entrada de un bar, en el interior un hombre colocando unas sillas sobre las mesas y amontonando la basura del suelo en una esquina, miré mi reloj, eran las diez y media, me daba tiempo para tomar una cerveza, la necesitaba, quizá me calmaría el dolor de cabeza.

—¿Me da tiempo a una cerveza rápida?— Le dije asomándome a la puerta.
—Y a dos si quiere— Contestó sin girarse, apoyó la escoba sobre la barra y colocó un vaso debajo del tirador llenándolo.

Apuré hasta la última gota de cerveza de mi vaso y lo deposité con un estruendo sobre la barra, deslicé mi mano sobre mis labios para secar el líquido restante que empapaba mis comisuras y apoyé mi cabeza sobre mi mano en forma de almohada sobre la propia barra, el camarero que seguía limpiando al otro lado me miró con decisión.

—Caballero, ya va siendo hora de irse a casa— Dijo depositando un trapo sobre unos vasos colocados boca abajo.
—Sólo llevo cinco, me da tiempo a un par más— Respondí con dificultad.
—Pero voy a cerrar y su mujer le estará esperando— Inquirió.
Le lancé una mirada de desaprobación que no pareció hacerle ninguna mella, mi mujer me esperaba, si… pero prefería seguir bebiendo.
—Okay amigo, me marcho— Levanté las manos en señal de rendición y a trompicones me dirigí a la salida.

Crucé un par de calles más, la fina lluvia había desaparecido, no así mi dolor de cabeza que había aumentado, como si un desfile de fin de año con fuegos artificiales estuviese de pernocta dentro de mi cerebro, abracé mis sienes con las dos manos e hice presión, algo me alivió, pero fue solo pasajero. Abrí el portal y me dirigí al ascensor que tardó una eternidad en llegar en mi busca, una vez dentro me recosté sobre una de sus paredes y el rebote que indicaba que había llegado a mi destino me hizo despertar de un micro sueño.

—Dios, mataría por un trozo de pizza— Dije mirando al techo, exhausto.
Entré por la puerta y Alba, mi mujer salió a mi encuentro, desaliñada, como siempre, se dirigió a mí despacio.
—Estaba preocupada cariño, has salido muy tarde— Me dijo mientras me ayudaba a quitarme el abrigo.
—Lo sé, no empieces con las charlas, ya te dije que la empresa anda por un momento difícil, nos toca hacer más horas— Contesté mientras me encaminaba hacia la cocina.
—La cena se ha quedado fría, te la calentaré— Me adelantó por el pasillo.
—No quiero comida recalentada, ya lo sabes… maldita sea— Suspiré.
—Es que no sabía que ibas a tardar tanto, podrías haberme llamado para decírmelo y habría hecho la cena más tarde—
—La culpa de tu mala organización es mía, ¿no?— Ya empezaba con sus sermones…
—No he querido decir eso…—
—Pues lo has dicho— Dije abriendo la nevera esperando encontrar pizza.
—Has bebido, ¿verdad?— Tenía un tono acusador.
—Claro que he bebido, es la única manera de aguantar esta vida de mierda que me ha tocado— Soplé rebuscando en el frigorífico.
—Cuando bebes, te alteras demasiado— Dijo sollozando.
—¡Pues sabiéndolo podrías haber tenido el detalle de tener la cena preparada para cuando llegase, joder, no es tan difícil!— Contesté cerrando el portón con fuerza.
La miré a los ojos, ella agachó la cabeza, como siempre se había quedado sin argumentos, maldita impresentable, sólo tenía que hacer una cosa en todo el día y hasta eso era incapaz de lograr.
—Me voy a la cama y lo hago sin cenar, espero que estés contenta—
—No, no lo estoy… lo siento—
—Ya, como si eso me llenara el estómago… Cualquier día me busco a otra y a ver qué haces tú sin mí…— Me dirigí al dormitorio.

Me desvestí y me tumbé en la cama, miré el reloj, marcaba la una y doce, cerré los ojos y entre el sonido de platos chocando, el agua del grifo correr y los cargantes sollozos de Alba me quedé dormido.

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