En el corazón de una madre

Mi viaje empezó en un sendero que discurría entre montañas, hectáreas de zonas verdes e inmensos levantamientos de tierra hasta donde alcanzaba la mirada, el suelo, empedrado y bacheado era asombrosamente acolchado, las nubes observaban mi caminar racheando el cielo de un azul brillante y tono pastel, el Sol iluminaba con fuerza creando una pequeña neblina dorada que abrazaba mis mejillas, caballos pastaban y corrían en manadas de puro placer. Mis pasos dieron con el discurrir de un río de aguas claras, excepcionalmente claras, varios peces de colores se arremolinaban en perfecta sincronía formando estampas como cuadros impresionistas, el viento, con dulzura acariciaba mi cabeza y rozaba mis manos pareciendo que pidiera permiso para pasar a mi lado. En los bordes del río unas grandes formaciones de rocas acompañando todo su camino, adornadas haciendo cima, las imágenes de  varias personas, en cada una de ellas se podía ver un niño de dulces facciones, en otra, una mujer de tierna mirada, un mastín un poco mas allá y a lo lejos la imagen de un hombre alto y sonrisa pícara, pareciendo esculturas en un honor de una familia.

Mi segundo tramo, algo mas incómodo y gélido, una neblina espesa cubría todo mi horizonte y el camino se tornó inseguro y hostil, árboles sin hojas, con las ramas retorciéndose como si estuvieran sufriendo una brutal agonía e impidiendo el paso en gran parte de mi camino, el verde césped daba lugar ahora al color marrón de la tierra mojada y el olor a ceniza impregnaba cada poro de mi piel, aullidos de lobos solitarios resonaban en alguna parte del basto terreno y graznidos de cuervos revoloteaban por encima de mi cabeza. Entre la espesa niebla vislumbré las mismas formaciones de rocas a los lados del camino, las imágenes habían cambiado, hombres de mediana edad, mujeres mayores, todos con rostros serios, facciones duras y tez triste en otras, pareciendo esculturas de una vida dañina.

Mi tercer tramo discurría en terreno yermo, inexplorado, donde nunca pareció pisar ningún ser vivo, una inmensa nada de tierra clara me rodeaba, una luz blanca bañaba ahora cada centímetro de lo que mis ojos eran capaces de ver y un camino de arena de color pálido dividiendo cada segmento del territorio,  delante de mi me indicaba el camino hasta una puerta de color rojo, caminé hacia ella y como la estela de un cometa el aire arremolinaba montones de arena creando edificios, unos a medias, otros grandes que se destruían segundos después, en algunos formaban pequeños paraísos que aguantaban las embestidas del propio aire que las había formado, las montañas de rocas, de nuevo visibles para mí a cada lado de mi camino me mostraban las mismas imágenes que en el verde prado, pero esta vez todos ellos juntos, sonreían y se abrazaban, en otras, imágenes de lugares idílicos, pareciendo esculturas de los sueños de un porvenir.

Llegué a la puerta roja, estaba astillada, envejecida y le faltaban varios pedazos, en ella, un letrero que rezaba:

Gracias por andar este camino junto a mí, por observar cada detalle de lo que aquí se encuentra, por no apartarse del camino, por no tocar las rocas pues en ellas, en cada una de ellas se encuentra lo que ahora soy y lo que quiero seguir siendo, vuelva otro día, le prometo que el camino será mas largo y habrá mas formaciones, llévese un trozo de puerta, si ha llegado hasta aquí, por derecho le pertenece uno.

Siempre hay sitio para uno más en el corazón de una madre.

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